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2011-10-16 | Noticias Internacionales

Conflicto Social en Chile

Los estudiantes llevan el conflicto a la calle para demoler la herencia de Pinochet


El país vive movilizaciones sin precedentes desde la dictadura
Los jóvenes quieren acabar con el ánimo de lucro del sistema educativo
El Gobierno plantea una batalla de desgaste a largo plazo
El pais.es

El fantasma de las movilizaciones sociales ha reaparecido en Chile con un vigor que solo tiene paralelo en la década de los ochenta, en plena dictadura, con 30% de desempleo y el PIB cayendo en picado. Algunos empresarios anticipaban que este fantasma iba a regresar si la coalición de centroizquierda, la Concertación, perdía el gobierno y dejaba su papel de contención de las demandas sociales.

La derecha de Sebastián Piñera ganó las elecciones en enero de 2010. El terremoto de febrero atrasó el despertar de las movilizaciones.
Menos de dos años después, mientras la economía crece 6% y el desempleo está en 7%, cifras que provocarían envidia en cualquier país europeo, el movimiento estudiantil llegó con sus demandas hasta La Moneda y hundió al Gobierno y al presidente Piñera en los sondeos.
Chile ya no es el mismo de comienzos de año.

Marchas con y sin permiso, tomas, enfrentamientos de estudiantes con carabineros, con piedras y barricadas contra gases lacrimógenos, cañones de agua, cargas a caballo y a pie, y hasta los detenidos son parte del panorama habitual en las principales ciudades. El jueves hubo 87 detenidos en una manifestación prohibida de estudiantes de secundaria en Santiago y otras ciudades.

El martes y miércoles se vieron barricadas en distintos puntos de la capital.A pesar de unas cifras económicas envidiables, la protesta estudiantil ha hundido al Gobierno.Mientras los semáforos están con la luz roja, en las esquinas próximas a colegios y universidades, grupos de jóvenes piden monedas a los conductores de autos para sostener las protestas.

Muchos colaboran: el movimiento estudiantil mantiene apoyo después de seis meses, y sobre 80% respalda sus demandas, ratifican los sondeos, aunque la popularidad de sus formas de protestar ha retrocedido.
Como una medusa de mil cabezas, algo que en La Moneda todavía no procesan, en cada colegio, liceo o facultad, el conflicto tiene motivos propios a los que se suman las reivindicaciones globales:

cambiar el modelo educacional que instauró Pinochet, terminar con el lucro e implantar la educación gratuita en todos los niveles. Por eso, las estrategias se diversifican y hasta pueden ser contradictorias entre liceos o facultades situados uno frente a otro. Las demandas han llegado al terreno político, porque para concretar sus reivindicaciones requieren subir los impuestos a los más ricos y modificar el sistema electoral.

Piedras, barricadas, gases lacrimógenos, cañones de agua y cargas a caballo se han hecho habituales.
Los estudiantes convergen en las grandes ocasiones. Para el martes y miércoles de la próxima semana, los jóvenes convocaron a dos días de movilizaciones, incluyendo cuatro marchas en Santiago. Como intentan desde agosto, buscarán el apoyo de los sindicatos y otras organizaciones sociales. Sus dirigentes anticipan que la contienda será prolongada y podría llegar hasta 2012 después del interregno del verano, en que no hay clases.

La Moneda ha tenido una estrategia reactiva en el conflicto, sin capacidad de anticipar lo que ocurrirá. Primero ignoró el movimiento y respondió negativamente a sus peticiones, una estrategia que fortaleció a los estudiantes y terminó con la salida del ministro Joaquín Lavín de la cartera de Educación.
Las demandas globales de los estudiantes son terminar con el lucro e implantar la educación gratuita en todos los niveles.

Después combinó la zanahoria y el garrote. Este se estrenó con la represión a una marcha no autorizada en Santiago, que culminó con más de 800 detenidos y el reestreno de las protestas con cacerolas, protagonizadas por los padres de los jóvenes. El relevo de ministros en Educación, con la llegada de Felipe Bulnes, permitió instalar una mesa de diálogo, que tuvo una primera reunión a comienzos de septiembre, en La Moneda, impulsada por Piñera.

Bulnes llegó bastante más allá que Lavín. Ofreció becas para el 40% más pobre de los estudiantes, y una combinación de becas y créditos para el 20% siguiente, situar el derecho a la educación de calidad en la Constitución y avanzar en la desmunicipalización. Su estrategia, que implicaba concesiones pero no cambios de fondo al modelo, podría haber resultado cuando el movimiento partía, pero no después de cuatro meses.

El Gobierno ignoró el movimiento y respondió negativamente. Al final fundió al ministro de Educación.
Al mismo tiempo que Bulnes negociaba, envió los proyectos de ley al Parlamento sobre los temas que discutía con los dirigentes estudiantiles. Sobre el movimiento cundieron las presiones: término de becas para los que estaban en paro, amenazas de cierres de colegios, respuestas negativas a las peticiones para realizar marchas forzadas y el anuncio de una ley que implicará cárcel para quienes realicen tomas violentas.

El discurso oficial criticó al movimiento, acusándolo de estar controlado por los grupos más radicales. La apuesta de La Moneda es al desgaste, a la espera que las movilizaciones amainen hacia fin de año y que los dirigentes estudiantiles sean derrotados en las elecciones.

En respuesta a la nueva estrategia, los estudiantes se retiraron de la mesa de diálogo, acusaron de intransigencia al Gobierno y retomaron el camino de las calles, después de la tregua de septiembre. La prolongación de su movimiento depende no sólo de la voluntad de los estudiantes, sino de la capacidad que tengan para lograr que otros sectores sociales los respalden. Si lo consiguen, el fantasma de las movilizaciones habrá vuelto para quedarse.


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